LA PLAYERA QUE NO TUVE
26 - Julio - 2015
Por Felipe Morales
@ELFrancoDeLFuT
Era una tarde de noviembre, de esas con el cielo encapotado. Improbable, aleatoria. Común.
Yo tenía 16 años y el Necaxa 75. Para ese entonces, la relación cultivaba el afecto que, pongamos por caso, le tiene el nieto a su abuelo en un paralelismo, en un pensamiento. En una relación abstracta en rojo y blanco. Para mi el Necaxa era (es) un familiar. Y en aquellos tiempos, por simple cronología era mi abuelo.
Pero eso lo pensé hace 17 años. Hoy habría muerto, pero no muere. Incluso crece, evoluciona. Hiere, decepciona, ilusiona.
Y vuelve a crecer.
Pero me refería a aquella tarde del 18 de noviembre de 1998 en la que no recuerdo qué desayuné. No sé cómo empezó ese día, pero estoy cierto de cómo terminó, trazado con una coordenada lo impensado y lo eterno.
Yo vivía con mis papás y fuimos a pasear a una plaza comercial, en tiempos de Aguinaga, Adolfo Ríos, Hermosillo, Sergio Vázquez, Salvador Cabrera y el Ratón Zárate. Un día antes el Necaxa había perdido con el Atlante y entonces cuando entré a una tienda deportiva decidí comprarme una gorra del Barcelona, en lugar de la playera de los Rayos.
No fue una decisión fácil.
Dudé mucho. Pensé mucho.
Y decidí mal.
Mi papá me compró la cachucha del Barça, que aún conservo como testimonio inequívoco de otro amor desproporcionado, que poco tiene que ver con la llegada de Rafael Márquez o la explosión de fanáticos en México, luego de Ronaldinho y mucho sí con que mi abuela haya sido catalana y una tarde de martes me haya explicado los significados del escudo blaugrana.
Ya el tiempo lo explicaría mi pifia.
Resuelta esa disyuntiva de gustos, fuimos a tomar un helado y todo cambió.
La vida me iba a dar una cachetada.
Cuando me reencontré con mi mamá vi que algo pasaba.
Estaba nerviosa, hacia señas, manoteaba. Quería gritar, pero no podía. Gesticulaba. Gesticulaba mucho. Entonces apresuré el paso, abrí la puerta del restaurante en el que estaba y cuando llegué plenamente preocupado por tal concierto de señas desproporcionadas, con un "¿qué te pasa?", el misterio se resolvió de un brochazo.
"¡Ahí está Aguinaga!", me dijo con la mirada espabilada, como quien ríe ansiosamente con los ojos.
Yo no sé qué cara habré hecho, pero me desmayé en vida.
Todo empezó a temblar.
Me sudaron las manos, me dio pena.
No podía creerlo.
Cuando ves a tu ídolo a dos metros, no puedes creerlo.
Y ya estaba ahí toda mi familia metida en mi cabeza, en lo que para mi era una Pamplonada interna de pensamientos y consejos que iban desde un "ve, pídele una foto, que te de un autógrafo, dale un beso, abrázalo" hasta un "pídele que te adopte" imaginario.
¿¿¿Por qué no compré la playera del Necaxa para que me la firmara Alex Aguinaga????, pensé.
La vida no era justa.
Pero él se iba y tenía que abrir una sucursal de lamentos después. Fui por una servilleta, a la distancia lo vi fijamente, como quien observa a por encima de la barrera el ángulo donde quiere encajar la pelota; aceleré el paso, alcé la cabeza, llegué hacia él y cuando lo tenía justamente enfrente...se lo dejé todo a mi mamá.
"¿Le puedes dar un autógrafo? Te admira mucho", le dijo a Alex.
Yo no podía hablar. Me habían cercenado la lengua. Estaba pálido. Amarillo. Feliz. Amarilla y deshidratadamente feliz.
No me acuerdo si pronuncie una vocal. Creo que no. Sólo vi cómo escribía "para mi amigo Felipe. Con afecto, Alex Aguinaga". Lo hizo con la misma simpleza y soltura con la que corría por la cancha con su coleta ingobernable de caballo.
Esa temporada, Necaxa fue Campeón vistiendo la camiseta Umbro.
Yo nunca tuve esa playera, pero aún conservo mi servilleta...
Tú no dejes pasar la oportunidad de comprarla. Nunca sabes cuándo puedes tener en tus narices a tu máximo ídolo...
